miércoles, 24 de junio de 2015

El Papa habla a las Familias

Cuando los padres "se hacen mal" pueden marcar de por vida a hijos, dice Papa Francisco

 

Artículo: aciprensa.com por Álvaro de Juana. (Fuente: https://goo.gl/bJ6wO3)
VATICANO, 24 Jun. 15 / 09:55 am (ACI).- Las heridas que se abren en la propia convivencia de las familias fue el tema elegido por el Papa Francisco este miércoles en la catequesis de la Audiencia General.
En la Plaza de San Pedro, el Pontífice abordó lo que sucede cuando “en la misma familia se hace mal” y se provocan heridas que “dejan una marca para toda la vida”. A su vez, recordó que el hombre y la mujer casados son “una sola carne” y por tanto, sus heridas son también las de sus hijos.
“En la familia, todo está entrelazado: cuando su alma está herida en cualquier punto, la infección contagia a todos”. Y cuando “un hombre y una mujer, que se han comprometido en ser ‘una sola carne’ y a formar una familia, piensan obsesivamente en las propias exigencias de libertad y de gratificación, esta distorsión afecta profundamente el corazón y la vida de los hijos”.
“Muchas veces los niños se esconden para llorar solos, tantas veces”, reconoció el Papa.
“El vaciamiento del amor conyugal difunde resentimiento en las relaciones. Y a menudo la desintegración ‘aplasta’ a los niños”, sostiene.
“Sabemos bien que en ninguna historia familiar faltan los momentos en los que la intimidad de los familiares más queridos es ofendida por el comportamiento de sus miembros. Palabras o acciones (también omisiones) que, en lugar de expresar amor, lo eliminan y, peor aún, lo mortifican”.
El Papa explicó que estas heridas cuando son descuidadas se agravan y se convierten en “prepotencia, hostilidad, desprecio”. Entonces se pueden dar “laceraciones profundas que dividen al marido y a la mujer, e inducen a buscar en otra parte la comprensión, ayuda y consuelo”.
El Pontífice cree que “debemos entender bien esto”: “marido y mujer son una sola carne”, pero “sus criaturas son carne de su carne”. Y recordó la “dureza” con la que Jesús pide a los adultos no escandalizar a los pequeños, porque así “podemos comprender mejor también su palabra sobre la grave responsabilidad de cuidar la unión conyugal que da inicio a la familia humana”.
“Cuando el hombre y la mujer se transforman en una sola carne, todas las heridas y todos los abandonos del padre y de la madre inciden en la carne viva de los hijos”. Pero también “es verdad, por otro lado, que hay casos en los que la separación es inevitable”.
“A veces puede ser incluso moralmente necesario, cuando se trata de restar al cónyuge más débil, o a los hijos pequeños, las heridas más graves causadas por la prepotencia y la violencia, por la humillación y la explotación, la extrañeza y la indiferencia”.
“A pesar de nuestra sensibilidad aparentemente evolucionada y de todas nuestros refinados análisis psicológicos, me pregunto si no estamos anestesiados también respecto a las heridas del alma de los niños”, planteó.
En este sentido, “cuando más se busca compensar con regalos y meriendas, tanto más se pierde el sentido de las heridas –más dolorosas y profundas– del alma”.
Francisco afirmó que se habla a menudo de “problemas de comportamiento” así como “de salud psíquica, del bienestar del niño, del ansia de los padres y de los hijos”, pero, “¿sabemos qué es una herida en el alma?”, se preguntó.
El Pontífice manifestó que “cuando los adultos pierden la cabeza, cuando cada uno piensa en sí mismo, cuando papá y mamá se hacen mal, el alma de los niños sufre mucho, siente una especie de desesperación”.
El Papa también afirmó que no faltan tampoco “aquellos que, ayudados por la fe y el amor por los hijos, testimonian su fidelidad a una unión en la que han creído, cuando parece imposible hacerlo revivir”.
No obstante, “no todos los separados sienten esta vocación. No todos reconocen en la soledad una ayuda del Señor hacia ellos”. De hecho, “en torno a nosotros encontramos varias familias en situaciones consideradas irregulares”. “A mí –dijo Francisco– no me gusta esta palabra”, aclaró, y agregó: “Nos ponemos muchos interrogantes: ¿Cómo ayudarles?, ¿cómo acompañarles?, ¿cómo acompañarles para que los niños no sean rehenes del padre o de la madre?”.
“Pidamos al Señor una fe grande, para mirar la realidad con los ojos de Dios; y una gran caridad, para acercarse a las personas con su corazón misericordioso”.

 



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