martes, 16 de marzo de 2010

Evangelio 16 de marzo de 2010.

Un Padre con corazón de madre
Lucas 15, 1-3, 11-32. Domingo Cuaresma. ¿Quién no se atreverá a volver a los brazos de un Padre infinitamente bueno y misericordioso como nuestro Dios?
Autor: P. Sergio A. Córdova | Fuente: Catholic.net


Lucas 15, 1-3.11-32

En aquel tiempo, se acercaban a Jesús todos los publicanos y los pecadores para oírle. Y los fariseos y los escribas murmuraban, diciendo: Este acoge a los pecadores y come con ellos. Jesús les dijo esta parábola: Un hombre tenía dos hijos; y el menor de ellos dijo al padre: "Padre, dame la parte de la hacienda que me corresponde." Y él les repartió la hacienda. Pocos días después el hijo menor lo reunió todo y se marchó a un país lejano donde malgastó su hacienda viviendo como un libertino. «Cuando hubo gastado todo, sobrevino un hambre extrema en aquel país, y comenzó a pasar necesidad. Entonces, fue y se ajustó con uno de los ciudadanos de aquel país, que le envió a sus fincas a apacentar puercos. Y deseaba llenar su vientre con las algarrobas que comían los puercos, pero nadie se las daba. Y entrando en sí mismo, dijo: "¡Cuántos jornaleros de mi padre tienen pan en abundancia, mientras que yo aquí me muero de hambre! Me levantaré, iré a mi padre y le diré: Padre, pequé contra el cielo y ante ti. Ya no merezco ser llamado hijo tuyo, trátame como a uno de tus jornaleros." Y, levantándose, partió hacia su padre. «Estando él todavía lejos, le vio su padre y, conmovido, corrió, se echó a su cuello y le besó efusivamente. El hijo le dijo: "Padre, pequé contra el cielo y ante ti; ya no merezco ser llamado hijo tuyo." Pero el padre dijo a sus siervos: "Traed aprisa el mejor vestido y vestidle, ponedle un anillo en su mano y unas sandalias en los pies. Traed el novillo cebado, matadlo, y comamos y celebremos una fiesta, porque este hijo mío estaba muerto y ha vuelto a la vida; estaba perdido y ha sido hallado". Y comenzaron la fiesta. Su hijo mayor estaba en el campo y, al volver, cuando se acercó a la casa, oyó la música y las danzas; y llamando a uno de los criados, le preguntó qué era aquello. Él le dijo: "Ha vuelto tu hermano y tu padre ha matado el novillo cebado, porque le ha recobrado sano." El se irritó y no quería entrar. Salió su padre, y le suplicaba. Pero él replicó a su padre: "Hace tantos años que te sirvo, y jamás dejé de cumplir una orden tuya, pero nunca me has dado un cabrito para tener una fiesta con mis amigos; ¡ahora que ha venido ese hijo tuyo, que ha devorado tu hacienda con prostitutas, has matado para él el novillo cebado!" Pero él le dijo: "Hijo, tú siempre estás conmigo, y todo lo mío es tuyo; pero convenía celebrar una fiesta y alegrarse, porque este hermano tuyo estaba muerto, y ha vuelto a la vida; estaba perdido, y ha sido hallado."


Reflexión


Nos encontramos ante una de las parábolas más bellas y conmovedoras que brotaron de los labios de Jesús. Me gusta imaginar a los discípulos escuchando a nuestro Señor esta hermosa historia, y mirar sus reacciones, los gestos de su rostro, medir el tamaño de su admiración. Estoy seguro de que les habrá impactado enormemente. Yo recuerdo que, cuando era todavía muy niño, me encantaba escucharla.

Un autor espiritual contemporáneo, Henri Nouwen, escribió el año 1994 un libro estupendo, titulado “El regreso del hijo pródigo”. Es de carácter autobiográfico y nos narra la profunda reacción interior que suscitó en él la contemplación de un cuadro de Rembrandt, que inmortaliza el instante en que aquel hijo pródigo, con los vestidos y el corazón hechos harapos, llega a la casa paterna, se postra ante su padre y recibe aquel maravilloso abrazo de perdón. El cuadro es sumamente expresivo y habla por sí solo. Es impresionante el rostro profundamente conmovido del anciano padre, la ternura inmensa con que lo acoge y la postración del hijo que, quebrantado y arrepentido, se reconcilia con él. Mientras tanto, el hermano mayor, de pie, soberbiamente erguido, a una cierta distancia, observa con mirada crítica, dura y altanera la escena del encuentro. Él, ciertamente, no está de acuerdo con lo que hace el padre, lo juzga en su interior y no acepta ese comportamiento. En este libro, el autor nos abre la intimidad de su alma, nos describe su propia experiencia de conversión y su itinerario espiritual hacia Dios. Vale la pena leerlo.
Muchos Santos Padres, teólogos, exegetas y autores espirituales han comentado este pasaje a lo largo de la historia, y han sacado de él abundantísimas lecciones para su propia vida y para enseñanza de los cristianos. Sería interesante detenernos a comentarlo detalle por detalle, pero no nos es posible ahora. Esta meditación podría ser objeto de unos ejercicios espirituales.

Georges Chevrot, al fijar su mirada en los hijos de la parábola, escribe: “Yo me preguntaría a cuál de los dos hijos nos gustaría parecernos. El uno no había sabido guardar su alma; el otro no había sabido entregar su corazón. Ambos han contristado a su padre; ambos se han mostrado duros con él; ambos han ignorado su bondad. El uno por su desobediencia, el otro a pesar de su obediencia. ¿A cuál nos gustaría parecernos? ¿Al disipador? ¿Al calculador? No hay en la parábola un tercer hijo al que pudiéramos referirnos y, por lo tanto, nos vemos obligados a convenir en que somos el uno o el otro... O tal vez el uno y el otro”.

Si somos sinceros con nosotros mismos, tenemos que vernos retratados en la parábola. Y casi siempre nos ponemos en el papel del hijo menor: el ingrato, el pecador, el que se marcha de la casa del padre y, después de gastar toda la herencia y vivir disolutamente, vuelve al padre, con el alma hecha pedazos, a pedirle de rodillas perdón.

Pero tal vez nunca nos hemos visto reflejados también en la figura del hijo mayor: el hijo soberbio, orgulloso, altanero, frío e inmisericorde. Ese hijo tiene el corazón de piedra, y ni la bondad del padre es capaz de romper tanta dureza. Vive en la casa del padre, pero no ama al padre; tolera su señorío y más parece un esclavo, un jornalero a la fuerza que un verdadero hijo. Lo critica en su interior y se convierte en un juez implacable; no condivide con el padre lo que él más ama y se muestra envidioso de su bondad y de su generosidad. Se siente injustamente tratado y mal pagado, y se queja amargamente con aquella dura recrimación que, sin duda, contrista hondamente el corazón de su padre: “Mira, en tantos años como te sirvo, nunca me has dado un cabrito para comerlo con mis amigos”... Y luego le echa en cara la liberalidad con que acoge al hijo, repudiándolo él como hermano: “y cuando regresa ese hijo tuyo, le matas el ternero cebado”. Ya no lo considera su hermano -tal vez nunca lo ha considerado así y, con esto, está diciéndole al padre que no era realmente su padre, puesto que su hermano no era realmente su hermano. Se siente ofendido por la “injusticia” del padre hacia él.

Pero lo más hermoso de la historia es el comportamiento maravilloso del padre. No sólo no impide que el hijo menor se marche de casa, sino que le da, sin protestar, toda la herencia que le corresponde. ¿Qué padre hace eso y se humilla ante una petición insensata y caprichosa de un hijo? Cualquiera de nosotros le hubiera dado un buen bofetón a ese hijo por tamaña insolencia. Y el padre de la parábola no. Le da la herencia y, en vez de maldecirlo, amenazarlo y romper con él -como habría hecho cualquier padre de la tierra éste vive esperando el día del retorno de aquel hijo ingrato. Sabía que volvería, porque no podría vivir fuera de casa. Y el padre lo espera y se sube a la azotea del palacio todos los días a ver si su hijo volvía. ¡Qué locura de amor, de piedad, de compasión y de misericordia!

Bruno Maggioni, un escriturista contemporáneo, ha publicado recientemente un libro muy sugestivo, titulado: “Un padre con un corazón de madre”. Y es un bello comentario a esta parábola de nuestro Señor. El protagonista de la historia no es el hijo pródigo, sino el Padre de las misericordias.
¡Qué gran fiesta organiza cuando el hijo, por fin, llega de nuevo a casa! Cuando lo ve venir, todavía a lo lejos, se lanza a correr desde la azotea del palacio y le sale al encuentro con los brazos abiertos, se echa a su cuello con inmensa ternura y lo cubre de besos. Y enseguida comienza a dar órdenes de fiesta: “Pronto, sacad enseguida el mejor traje y vestídselo; ponedle un anillo en la mano y sandalias en los pies”. Lo primero que hace es restablecerle en su antigua dignidad de hijo del rey. El vestido lo eleva a la condición de huésped de honor; el anillo es el signo de plenos poderes y las sandalias de su categoría de hombre libre. Y continúa: “Traed el ternero cebado y matadle, y celebremos un banquete”. ¡Que venga la música y comience el baile!

Es admirable el inmenso poder de la ternura: destruye lo pasado, regenera, da nueva vida. El hijo aquel venía a la casa del padre con la intención de ser un esclavo más, y se ve elevado a la categoría de hijo predilecto, con plenos poderes, y restituida toda su dignidad. Si nosotros hubiéramos tenido que inventar una parábola para hablar de la bondad de Dios y para contar cómo perdona Él, seguramente hubiésemos sido mucho más cautos. Pero el amor de Dios es un amor sin límites, un amor infinito, una ternura que desborda las barreras de lo imaginable.
¡Éste es el Dios Padre, que nos sigue invitando a la conversión en esta Cuaresma! “Conversión” significa, precisamente, “volver a Dios”, como el hijo pródigo; o volver con todo el corazón al Padre, como el hijo mayor, aunque nunca nos hayamos marchado de la casa fisicamente, pero sí con el corazón. ¿Quién no se atreverá a volver a los brazos de un Padre tan infinitamente bueno y misericordioso como nuestro Dios?

jueves, 11 de marzo de 2010

Evangelio 11 de Marzo de 2010

El poder sobre los demonios
Lucas 11, 14-23. Cuaresma. Si estamos con Cristo no tenemos nada que temer.
Autor: Miguel Ángel Andrés | Fuente: Catholic.net
Lucas 11, 14-23


En aquel tiempo, Jesús estaba expulsando un demonio que era mudo; sucedió que, cuando salió el demonio, rompió a hablar el mudo, y las gentes se admiraron. Pero algunos de ellos dijeron: Por Beelzebul, Príncipe de los demonios, expulsa los demonios. Oros, para ponerle a prueba, le pedían una señal del cielo. Pero Él, conociendo sus pensamientos, les dijo: Todo reino dividido contra sí mismo queda asolado, y casa contra casa, cae. Si, pues, también Satanás está dividido contra sí mismo, ¿cómo va a subsistir su reino?.. porque decís que yo expulso los demonios por Beelzebul. Si yo expulso los demonios por Beelzebul, ¿por quién los expulsan vuestros hijos? Por eso, ellos serán vuestros jueces. Pero si por el dedo de Dios expulso yo los demonios, es que ha llegado a vosotros el Reino de Dios. Cuando uno fuerte y bien armado custodia su palacio, sus bienes están en seguro; pero si llega uno más fuerte que él y le vence, le quita las armas en las que estaba confiado y reparte sus despojos. El que no está conmigo, está contra mí, y el que no recoge conmigo, desparrama.


Reflexión


Este evangelio nos presenta gráficamente la batalla que existe desde la creación del mundo: Satanás contra los hijos de Dios. “Pongo enemistad perpetua entre ti y la mujer, entre tu linaje y el suyo” (Génesis 3, 15) Y en esta batalla vemos triunfante a nuestro rey y señor. Él está al lado de cada uno de sus soldados para luchar y vencer con ellos. Nosotros somos soldados de primera fila en ese glorioso ejercito y Cristo también quiere vencer en la batalla que Satanás mantiene en nuestro interior. Por ese motivo nos propone una estrategia. ¿La desarrollamos? ¡Con mucho gusto!

“Todo reino dividido contra sí mismo será devastado”. Primeramente mucha unidad. Debemos estar unidos a Él en todo momento por la oración. Nosotros sabemos lo débiles que somos y cómo ante el primer asalto del demonio sucumbimos si no estamos con Él. Por ello es conveniente elevar nuestro pensamiento a Dios continuamente al inicio del trabajo, del estudio, del descanso y demás actividades preguntándole cuál es la estrategia: ¿Cómo quieres que realice esta labor para el mayor bien de la empresa y de mí mismo? ¿Cómo puedo descansar mejor y hacer descansar mejor a los demás? ¿Cómo lo harías tú?

“Si llega uno más fuerte que él, le vencerá” La segunda consigna es tener valor. Si le tenemos a Él qué podemos temer. Con la seguridad de que Él va delante de nosotros debemos seguir las consignas que nos de el gran estratega, el Espíritu Santo: momentos de oración, hablar bien del otro, defender la fe aún entre los amigos, huir de todo aquello que pueda arrebatarnos la amistad con Dios... ¡Con estas consignas y con tal caudillo seguramente venceremos!

lunes, 8 de marzo de 2010

La importancia de enseñar el valor del esfuerzo a nuestros hijos/as.

Lic. Samantha Barocio Rocha.


“No existe mayor regalo que un padre pueda dar a sus hijos que establecer los fundamentos para su salud emocional, auto-estima positiva, principios esenciales duraderos, habilidades para la resolución de problemas y valores duraderos”
Joseph Plasner,
Psicólogo   

La Real Academia Española define “esfuerzo” de la siguiente manera:
1.    Acción enérgica del cuerpo o del espíritu para conseguir algo venciendo dificultades.
2.    Ánimo, valor, fuerza
3.    Empleo enérgico de la fuerza física contra algún impulso o resistencia.

Como lo dice la definición, es el esfuerzo no es cuestión únicamente de fuerza física, de utilización de la energía corporal, si no que también involucra al espíritu y si lo pensamos, cuando nos esforzamos por lograr algo, no es la recompensa física lo que recordamos, si no la recompensa “espiritual”, el orgullo personal de haber vencido las dificultades, eliminado las resistencias y alcanzado nuestro objetivo.

Si pensamos en los momentos que nos han traído mayores satisfacciones a nuestra vida, seguramente encontraremos que muchos de ellos se relacionan con el valor del esfuerzo, la perseverancia y el trabajo arduo. Recuerde una de esas situaciones y responda:
¿Qué cosas nuevas descubrió de sí mismo que no conocía antes?     
¿Qué habilidades desarrolló para poder lograr su objetivo?
¿Cuál fue la sensación que prevaleció dentro de usted tras haber logrado lo que se propuso?
¿Cambió la mirada de la gente hacia usted una vez que lo logró?
¿Qué efectos tuvo ese logro en su vida futura?
¿Cómo cambió el modo en que usted enfrentó las dificultades más adelante?

Para muchos padres y madres de familia, el hecho de haber logrado ciertas cosas con gran esfuerzo parece haberlos hecho quitar valor al esfuerzo, más que añadirlo. Para muchos de estos papas, amar a sus hijos es sinónimo de rescatarlos, de facilitarles las cosas…sin darse cuenta que en el camino les están robando la oportunidad no sólo de aprender nuevas habilidades, sino de desarrollar un sentido de auto-eficacia y la posibilidad de desarrollar una auto-estima saludable.

Hace unas semanas, estaba sentada en mi sala leyendo un libro, cuando escuché a una niña quejándose, a punto de llorar, mientras luchaba por cargar su triciclo para subir 3 escalones. Sus hermanos mayores ya habían entrado a su casa y su mama no se veía por ningún lado. Entonces, comenzó a levantar la voz diciendo “Oigan, ¡ayúdenme!” una y otra vez. Se quedó parada unos minutos esperando respuesta y cuando no la hubo, hizo un nuevo intento por subir el triciclo y esta vez, funcionó. Puede ver cómo una sonrisa de satisfacción lleno su pequeña carita y entonces, continúo su camino, caminando más erguida… hasta que una rueda de su triciclo se atoró en el adoquín, sin permitirle avanzar. Me quedé observándola, pensando que habiendo superado el más difícil de los obstáculos, éste no representaría un problema. Imaginé que ahora tendría la motivación para buscar rápidamente una solución. Sin embargo, ella recurrió a su estrategia inicial, comenzó a hacer pucheros, a quejarse cada vez mas fuerte, hasta llegar al aborde de las lágrimas e instantáneamente gritó:” ¡No puedo, ayúdenme! ” Me sorprendió muchísimo que una niña tan pequeña (3 años) tuviera ya tan grabada la respuesta automática de “No puedo.” Me pregunté cómo era que había aprendido eso, cuando la respuesta llego a mí, dos segundos después de su llamado de “auxilio” su mamá salió corriendo de la casa, la alcanzó y sin hacer preguntas, levantó el triciclo y lo metió a la casa.

Muchas veces los padres/madres de familia hacen este tipo de cosas de manera automática. No lo hacen con la intención de que sus hijos/as no aprendan el valor del esfuerzo, con la intención de que no experimenten el orgullo de lograr algo tras no darse por vencidos. Sin embargo, así sucede y en un intento de “facilitarles” las cosas a los hijos, facilitarse la vida ellos, o calmar su propia ansiedad, terminan por robarles la oportunidad de esas experiencias. ¿Qué pasaría si dentro de nuestras prisas nos tomáramos el tiempo para observar cómo resuelven los problemas sin nosotros? ¿Si nos tomáramos el tiempo para preguntarles qué cosas han intentado hasta el momento para resolver el problema y ayudarles a encontrar una solución, en vez de resolvérselos sin preguntar?      

También me pregunto si la respuesta de esa mamá hubiera sido la misma si hubiera podido observar lo que yo observé… probablemente no.

En esta época en que la tecnología fomenta nuestra falta de paciencia (¿Cuántas veces nos desesperamos frente al microondas por que tarda un minuto en calentar el café? cuando antes de que existiera el microondas esperábamos más tiempo a que hirviera el agua, por ejemplo.) y luego vemos a nuestros adolescentes queriéndolo todo fácil, rápido y sin mayor esfuerzo, qué importante es aprovechar todas esas oportunidades que tienen desde pequeños para aprender el valor detrás de esforzarse, de intentar una y otra vez y finalmente lograrlo, de aprender nuevas habilidades en el camino hacia alcanzar aquello que buscan.

En los talleres que realizo para padres/madres de familia, me gusta enfatizar de la importancia de educar a los hijos de manera absolutamente “intencional.” A usted que está leyendo estas líneas, le hago la misma pregunta que les hago a ellos:
¿Cuándo piensa en el futuro, qué clase de adulto le gustaría que fueran los chicos con los que se relaciona? Y ahora…
¿Qué clase de guía tendría que ser usted para que eso se hiciera realidad?
Le aseguro que en su respuesta, más que verbos como “rescatar,” “salvar,” “evitar,” mas bien usted encontrará verbos como “guiar,” “apoyar,” “escuchar,” y “permitir.”


¿Pagar a los hijos por obtener buenas calificaciones?  

Desde mi punto de vista, una de las mejores escuelas de “esfuerzo” es la escuela misma, por que los niños y jóvenes se enfrentan a situaciones que representan un reto para ellos, que los obligan a pensar, a trabajar duro, a desarrollar habilidades que no han desarrollado hasta el momento. Sobre este tema se ha creado mucha controversia recientemente a partir de la iniciativa de varios gobiernos de pagar a los alumnos por estudiar… y mas específicamente, por sacar buenas calificaciones.

Viniendo de una familia de psicólogos educativos, siempre estudie en escuelas activas, que de una u otra manera llevaban una metodología constructivista. Y una de las cosas más valiosas que me llevé de estudiar en estas escuelas, es el amor por el aprendizaje… el valor de aprender por el gusto de aprender y por lo que ese reconocimiento hace por enriquecer mi vida. Para mí la escuela nunca fue una obligación y pensar en que me pagaran por estudiar es una idea que nunca me pasó por la cabeza.

Tal vez sea por eso que, al igual que muchos educadores, yo pienso que pagar a los hijos (o a los alumnos) por obtener buenas calificaciones, disminuiría (si no es que quitaría) el valor intrínseco de aprender. Y si a eso añadimos pensar en las obligaciones reales que los niños y jóvenes tienen en esos días, nos damos cuenta que al pagarles por estudiar, estaríamos además quitándoles las pocas obligaciones que aún les quedan.

Y con este “dilema” enfrentamos el mismo problema que hay con los estilos de enseñanza recompensantes. Los niños/jóvenes terminan actuando de la manera en que se espera que actúen, no por que hayan aprendido que eso es lo importante o lo correcto, sino por que están esperando recibir a cambio una recompensa o están esperando evitar un castigo. Y pregunto nuevamente ¿es así como queremos educar a nuestros hijos? ¿Es esa clase de adultos los que queremos para el futuro? O ¿Queremos educar adultos que hagan lo correcto por que están convencidos de ello, sin importar si reciben o no algo a cambio?

Algunos padres de familia que están a favor de dar dinero por calificaciones consideran que es una oportunidad importante de enseñar a los hijos a manejar el dinero, a ahorrar. ¡Y eso me parece una lección muy valiosa! ¿Cuántos de nosotros hubiéramos salvado de lecciones dolorosas con las tarjetas de crédito si alguien nos hubiera enseñado a manejarlas mejor? Pero también me parece que esa lección puede enseñarse de otras maneras.

Por ejemplo, conozco una familia en la cual los papás se rehúsan a darle dinero a sus hijos por calificaciones, pero sí están de acuerdo en recompensar de alguna manera el esfuerzo de sus hijos, por lo que cuando se esfuerzan y sacan buenas calificaciones, organizan un evento familiar para celebrar: un picnic, una salida a cenar, una ida al cine y hasta invitan a alguno de los amigos de sus hijos. Y cuando se trata de enseñarles a ahorrar, sus hijos frecuentemente hacen pequeños trabajos por los cuales son recompensados monetariamente, como cuidar un bebé, a una mascota, limpiar un patio, arreglar la bodega de un vecino, etc., tras lo cual, permiten que sus hijos se gasten una gran parte de ese sueldo en algo que se les antoje y les enseñan a ahorrar el 10 ó 20% de lo ganado para comprar más adelante algo más grande.


Los Regalos.

Si acostumbramos a enseñar este tipo de lecciones sobre el esfuerzo y el manejo del dinero a través de diversas actividades cotidianas, los chicos aprenderán más fácilmente a valorar estas cosas. En otros casos, no sorprende que niños y jóvenes a quienes se les ha dado todo, a quienes se les ha exigido poco y a quienes rara vez se han encontrado en la situación de tener que esforzarse por obtener algo, hagan por ejemplo, ¡estas listas exorbitantes de regalos que quieren recibir por su cumpleaños o Navidad! Sin que les pase por la mente el esfuerzo de trabajo y de ahorro que les requiere a sus papás cumplir con esas demandas. Pero al final, ellos no tiene la culpa, ellos solamente actúan en base a lo que aprendieron.
No podemos pedir que un niño o un joven sea consciente del potencial inmenso que existe detrás de esforzarse, si nunca en la vida se le permitió hacerlo, si todo se le dio fácilmente, si nunca se le cuestionaron sus peticiones, si siempre se le dio todo sin exigirle nada a cambio, si nunca ha tenido la experiencia de invertir su tiempo y esforzarse para ganar algo de dinero, si nunca ha tenido que comprar nada con su propio dinero.


Posibles consecuencias de NO aprender el valor del esfuerzo.

•    Baja tolerancia a la frustración.
•    Desarrollar dependencia de otros: esperar a que otros le “sirvan” o hagan las cosas por él/ella.
•    Falta de motivación: por ejemplo: involucrarse únicamente en cosas que les parezcan fáciles o que no les requieran esfuerzo.
•    Falta de iniciativa.
•    Desarrollo limitado de habilidades.
•    Falta de sentido de auto-eficacia.
•    Darse por vencido fácilmente.
•    Responsabilizar a otros de lo que sucede o deja de suceder en sus vidas.
•    Desarrollo de actitudes materialistas.
•    Sensación de fracaso personal y escolar.
•    Baja auto-estima.
•    Depresión.


Nadie es talentoso por naturaleza. Trabajas duro para llegar a ser bueno y luego, trabajas más duro para ser mejor.”
Paul Coffey (jugador de hockey de los Red Wings de Detroit, ganador del Trofeo James Norris en 1995 por demostrar las mejores habilidades como defensor.)

“Nosotros somos lo que hacemos repetidamente. La excelencia por lo tanto, no es un acto, si no un hábito.”        
 Aristóteles (Filósofo)

“Nunca consideres el estudio como una obligación, sino como una oportunidad para penetrar en el bello y maravilloso mundo del saber.”
Albert Einstein.

Estrategias para enseñar  el valor del esfuerzo.

•    Sea paciente con su hijo/a, permítale esforzarse.
•     Cuando note que su hijo/a está teniendo dificultades para resolver/lograr algo, evite “saltar” a recatarlo o querer hacerlo usted.
•    Cuando su hijo/a se sienta frustrado por no poder hacer/lograr algo, ayúdele a reflexionar sobre lo que ha hecho y qué otras alternativas habría para tener éxito en esa actividad.

•    No permita que su hijo/a se de por vencido, ofrézcale ayuda/guía, pero deje que sea él/ella quien lleve a cabo la actividad.
•    Cuando suceda, hágale notar que resolvió las cosas por sí mismo.
•    Anime a su hijo/a a que persevere.
•    Reconozca su esfuerzo.
•    Reconozca el esfuerzo de otras personas.
•    Enséñele a aceptar la crítica y evaluar su propio desempeño.
•    Cuide su lenguaje, evite a toda costa expresiones como “No Puedo.”
•      Cuando lo considere oportuno, platique con su hijo/a de sus propias experiencias de esfuerzo y logro.
•    Vea los errores/fracasos como oportunidades de aprender nuevos comportamientos.
•    Modele con el ejemplo.


Reflexión Final.


Si consideramos que al enseñar el valor del esfuerzo a los más jóvenes estamos:
•    Fortaleciendo su auto-estima.
•    Ayudándoles a desarrollar nuevas habilidades.
•    Enseñándoles que los errores  son oportunidades de aprendizaje.
•    Ayudándoles a desarrollar una motivación intrínseca.
•    Enseñándoles a perseverar.
•    Promoviendo su autonomía e independencia.
•    Enseñándoles a hacerse responsables de lo que sucede y deja de suceder en sus vidas.
•    …entre otras cosas…

¿No valdría la pena empezar a pensar en formas de ponerlo en práctica? 

¿Qué cosas podría hacer usted para enseñar a los niños y niñas el valor del esfuerzo HOY?


Jesús en Nazaret
Lucas 4, 24-30. Cuaresma. Ya se vislumbra el final del camino: la muerte en la cruz. Hagamos caso de las insistentes llamadas de Dios a la conversión,
Autor: P . Clemente González | Fuente: Catholic.net



Lucas 4, 24-30


En aquel tiempo dijo Jesús a sus discípulos: «En verdad os digo que ningún profeta es bien recibido en su patria». «Os digo de verdad: Muchas viudas había en Israel en los días de Elías, cuando se cerró el cielo por tres años y seis meses, y hubo gran hambre en todo el país; y a ninguna de ellas fue enviado Elías, sino a una mujer viuda de Sarepta de Sidón. Y muchos leprosos había en Israel en tiempos del profeta Eliseo, y ninguno de ellos fue purificado sino Naamán, el sirio». Oyendo estas cosas, todos los de la sinagoga se llenaron de ira; y, levantándose, le arrojaron fuera de la ciudad, y le llevaron a una altura escarpada del monte sobre el cual estaba edificada su ciudad, para despeñarle. Pero él, pasando por medio de ellos, se marchó.


Reflexión


En este evangelio Jesús achaca a los fariseos que no han sabido captar los signos de los tiempos. La viuda, y en general, los favorecidos por los milagros de Elías y de Eliseo, sí supieron reconocer la actuación de Dios. Una vez más, en labios de Jesús, la salvación se anuncia como universal, y son precisamente unos no-judíos los que saben reaccionar bien y convertirse a Dios, mientras que el pueblo elegido le hace oídos sordos.

No les gustó nada a sus oyentes lo que les dijo Jesús. Tanto así que le empujaron fuera de la ciudad con la intención de despeñarlo por el barranco. La primera homilía en su pueblo, que había empezado con admiración y aplausos, acaba casi en tragedia. Ya se vislumbra el final del camino: la muerte en la cruz.

De manera que hoy también se nos recuerda que va siendo urgente que hagamos caso de las insistentes llamadas de Dios a la conversión, que conlleva el cambio de nuestra vida de pecado al cambio de la vida de la gracia. ¿Podríamos decir que se está notando este cambio en nosotros? ¿O también Jesús podría quejarse de nosotros acusándonos de no responder con generosidad a la llamada a la conversión?

jueves, 4 de marzo de 2010

Evangelio 4 de marzo de 2010

El rico Epulón y el pobre Lázaro
Lucas 16, 19-31. Cuaresma. Ser sencillos y humildes para que Jesús no encuentre obstáculos para llegar a lo más hondo de nuestro corazón.
Autor: Damián Sánchez | Fuente: Catholic.net
Lucas 16, 19-31



En aquel tiempo, Jesús dijo a los fariseos: Había un hombre rico que vestía de púrpura y lino, y celebraba todos los días espléndidas fiestas. Y uno pobre, llamado Lázaro, que, echado junto a su portal, cubierto de llagas, deseaba hartarse de lo que caía de la mesa del rico... pero hasta los perros venían y le lamían las llagas. Sucedió, pues, que murió el pobre y fue llevado por los ángeles al seno de Abraham. Murió también el rico y fue sepultado. Estando en el Hades entre tormentos, levantó los ojos y vio a lo lejos a Abraham, y a Lázaro en su seno. Y, gritando, dijo: "Padre Abraham, ten compasión de mí y envía a Lázaro a que moje en agua la punta de su dedo y refresque mi lengua, porque estoy atormentado en esta llama."Pero Abraham le dijo: "Hijo, recuerda que recibiste tus bienes durante tu vida y Lázaro, al contrario, sus males; ahora, pues, él es aquí consolado y tú atormentado. Y además, entre nosotros y vosotros se interpone un gran abismo, de modo que los que quieran pasar de aquí a vosotros, no puedan; ni de ahí puedan pasar donde nosotros." Replicó: "Con todo, te ruego, padre, que le envíes a la casa de mi padre, porque tengo cinco hermanos, para que les dé testimonio, y no vengan también ellos a este lugar de tormento. "Le dijo Abraham: "Tienen a Moisés y a los profetas; que les oigan." Él dijo: "No, padre Abraham; sino que si alguno de entre los muertos va donde ellos, se convertirán." Le contestó: "Si no oyen a Moisés y a los profetas, tampoco se convencerán, aunque un muerto resucite."


Reflexión


Esta parábola Jesucristo la enseña ante los fariseos. Ellos enseñan la ley con dureza. Exigen el tributo y en cambio engañan a los creyentes y no cumplen lo que predican. Pero el momento de la verdad, tarde o temprano llega. Así le sucedió al pobre Lázaro y al rico epulón. El momento en el que se hace justicia y ésta permanece para siempre.

Impresiona ver cómo el rico epulón le pide a Abraham que Lázaro vaya a prevenir a los de su casa para que no les suceda lo mismo. Qué grande debería ser el sufrimiento de este hombre que le hace pensar en los demás por primera vez, y quiere evitar que le ocurra lo mismo a los de su casa. Pero Cristo a través de la respuesta de Abraham nos hace ver que el corazón del hombre en ocasiones se niega a ver la luz y que ni con enviados extraordinarios cambian. El Señor vino, hizo milagros, resucitó muertos y los suyos le abandonaron en el momento más difícil, incluso alguno hasta le negó tres veces.

Sólo los que te abren el corazón Jesús, los que buscan sinceramente la verdad, los que están dispuestos a escucharte, los que se dejan seducir por Ti encuentran el Camino, la Verdad y la Vida.

Pobre Lázaro intercede por nosotros para que seamos sencillos y humildes de manera que Jesucristo no encuentre ningún obstáculo para llegar a lo más hondo de nuestro corazón.

lunes, 1 de marzo de 2010

Evangelio de 1 de Marzo de 2010

No juzguen y no serán juzgados
Lucas 6, 36-38. Cuaresma. Un corazón que no perdona no es un corazón cristiano sino que es un corazón que no agrada ni da gloria a Dios.
Autor: José Fernández de Mesa | Fuente: Catholic.net
Lucas 6, 36-38


En aquellos días dijo Jesús: «Sed compasivos, como vuestro Padre es compasivo. No juzguéis y no seréis juzgados, no condenéis y no seréis condenados; perdonad y seréis perdonados. Dad y se os dará; una medida buena, apretada, remecida, rebosante pondrán en el halda de vuestros vestidos. Porque con la medida con que midáis se os medirá».


Reflexión


En este texto del evangelio, Jesús tiene la intención de mover nuestros corazones en una sola dirección: el amor a nuestros enemigos. “¡Qué fácil es amar a los que nos aman!”, dirá en otra ocasión. Sin embargo lo más difícil del amor cristiano es vivirlo con los que no nos corresponderán, con los que nos insultan o persiguen, con los que hablan mal de nosotros a nuestras espaldas, con los que luchan por arrebatarnos nuestro puesto de trabajo: nuestros enemigos.

La consigna que nos envía Jesucristo es muy clara: “Sed misericordiosos”. Un corazón que no perdona no es un corazón cristiano sino que es un corazón que no agrada ni da gloria a Dios. Por eso Cristo dirá en otra ocasión que si cuando nos acercamos a Dios para rendirle una ofrenda recordamos una enemistad con alguno de nuestros hermanos, primero debemos reconciliarnos con él, y después realizar la ofrenda.

Practiquemos estas dos virtudes que nos propone Jesús en nuestra vida: la misericordia y la benevolencia. Propongámonos que en ninguna de nuestras conversaciones, charlas o discusiones se mezcle jamás la más mínima crítica hacia ninguno de nuestros hermanos, que son todos los hombres.